El «barón» de la capital arrojó a un niño vivo a una tumba recién cavada, completamente seguro de su impunidad. No tenía ni idea de que tras aquel muro de ladrillos se escondía un viudo sin nada que perder.
Afuera, el crepúsculo otoñal se espesaba, vertiendo oro líquido y carmesí en el patio de Matvey Serebryakov. Él permanecía de pie, apoyado en
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