Me senté en el borde de la cama mientras el silencio de la casa parecía volverse más pesado con cada segundo.
Nathan no se acercó de inmediato.
No intentó convencerme.
Solo permaneció de pie, como si por primera vez no supiera qué hacer con el amor cuando no podía controlarlo con el miedo.
—Mattie… —dijo al fin, muy bajo.
Yo no levanté la vista.
—¿Cuántas veces has escrito ese tipo de cartas? —pregunté.
El aire se tensó.
—Desde la primera vez que perdí a alguien —respondió.
Asentí lentamente, aunque él no pudiera verlo.
—Entonces no me has estado amando a mí —dije—. Has estado amando la idea de perderme.
No hubo protesta. Solo una respiración más profunda, como si por fin alguien hubiera dicho en voz alta lo que él evitaba incluso pensar.
Nathan se sentó a cierta distancia, sin invadir mi espacio.
—No sé cómo se ama sin anticipar el final —admitió—. Eso es lo único que aprendí.
Me giré hacia él por primera vez.
—Se aprende estando en el presente —dije—. No escribiendo funerales para personas que todavía están vivas.
Esa frase lo golpeó más fuerte que cualquier reproche.
Guardó silencio largo rato.
Luego bajó la cabeza.
—Tengo miedo de que, si no me preparo, el dolor me destruya otra vez.
Mi voz salió más suave, pero firme.

—Y yo tengo miedo de vivir con alguien que no sabe quedarse sin despedirse.
El reloj de la habitación marcaba cada segundo como si fuera más grande de lo normal.
Nathan respiró hondo.
—No quiero perderte —dijo—. Pero tampoco quiero perderte mientras todavía estás aquí.
Eso fue lo más honesto que había dicho hasta ahora.
Me acerqué un poco.
No lo suficiente para borrar la distancia.
Solo lo suficiente para que supiera que aún estaba allí.
—Entonces elige esto —le dije—. No el final. No el miedo. Esto.
Me miró como si esa palabra —esto— fuera más difícil que cualquier duelo.
—¿Y si no puedo? —susurró.
No respondí de inmediato.
Porque esa era la única verdad que importaba.
Finalmente dije:
—Entonces no estás listo para mí. Pero tampoco tienes que seguir viviendo como si ya me hubieras perdido.
Nathan cerró los ojos por un momento.
Cuando los abrió, había algo distinto en su expresión. No seguridad. No solución.
Decisión.
—No quiero perderte —repitió—. Pero esta vez… quiero intentarlo sin escribir el final antes de empezar.
El silencio entre nosotros ya no era una amenaza.
Era un espacio vacío que, por primera vez, no estaba lleno de despedidas.
Solo de posibilidad.