La mujer cerró los ojos y esperó lo peor. Pero no ocurrió nada.
Cuando volvió a abrirlos, el lobo ya no la estaba mirando. De repente giró la cabeza hacia el bosque, levantó las orejas y todo su cuerpo se tensó. En ese instante, desde la oscuridad se escuchó otro sonido: pasos pesados y un gruñido profundo y apagado.
El lobo no se acercó más. Al contrario, retrocedió un paso, volvió a mirar a la mujer y soltó un leve gemido, como si quisiera advertirle de algo. Luego se dio la vuelta y desapareció entre los árboles.
Al principio, la mujer no entendía qué estaba pasando. Pero unos segundos después escuchó pasos otra vez, esta vez fuertes y claros. Alguien se acercaba directamente hacia ella y no intentaba esconderse.
De la oscuridad aparecieron dos hombres con linternas. Detrás de ellos venía otro cargando un rifle.

—¡Aquí está! —gritó uno de ellos.
Eran guardabosques. Habían oído el aullido y fueron a comprobar si algo les había ocurrido a los animales o a alguna persona.
Cuando llegaron hasta ella, uno de ellos dijo en voz baja:
—Si no hubiera sido por ese lobo… nunca habríamos llegado hasta aquí.
La mujer ya no podía hablar. Con cuidado la ayudaron a levantarse, la envolvieron con una chaqueta y le dieron agua.
Al día siguiente despertó en el hospital. Los médicos dijeron que, si la ayuda hubiera llegado unas horas más tarde, ya no habrían podido salvarla.
Y poco después también encontraron a su marido.
No llegó muy lejos. Las cámaras captaron su coche saliendo de la zona forestal. Cuando lo llevaron a interrogatorio, al principio negó todo, pero finalmente se derrumbó.
Y fue entonces cuando escuchó por primera vez una frase que jamás olvidaría:
—Usted la dejó morir. Y quien la salvó fue aquel al que habría llamado una bestia.