Mi esposo transfirió mi bonificación a mi suegra para comprar azulejos checos. Catorce minutos después, yo lo transferí a la autosuficiencia.
—Ya elegí los azulejos para mamá, Zhenia. No te enojes —dijo Serguéi con total tranquilidad desde la habitación mientras yo luchaba en el pasillo con la cremallera atascada de mi bota.
—Le transferí tu aguinaldo. Alcanzó justo para los azulejos checos. No te vas a volver pobre por eso, ¿verdad?
El cierre de la bota izquierda crujió y se clavó en el pliegue del cuero. Me quedé congelada en aquella postura ridícula, sintiendo cómo la sangre me subía al rostro.
El teléfono pitó dentro de mi bolso. Lo saqué.
En la pantalla apareció la notificación:
“Depósito recibido: Bono. Monto: 34.200 rublos”.
Y justo después, otro mensaje: retiro realizado.
Saldo: cero.
Treinta y cuatro mil doscientos.
Exactamente lo que habían valido dos semanas sin un solo día libre.
Exactamente lo que costaba aquel abrigo color arena que llevaba tres meses mirando en el escaparate.
Ya me imaginaba usándolo.
Y ahora… azulejos. Checos. Para mamá.
—¿Zhenia, te quedaste pegada ahí? —preguntó mi marido con voz perezosa.
—El borsch ya se está derramando y tú sigues parada en la puerta.
Me enderecé. La cremallera finalmente cedió con un chirrido doloroso. Las botas tenían cuatro años. Habían sido buenas. Pero todo tiene un límite.
La mancha de remolacha en el plato
La olla de borsch seguía en la estufa. Le serví un plato a Serguéi.
Entró en la cocina sujetándose los pantalones deportivos a la cintura: el elástico estaba completamente vencido.
Se sentó sin apartar los ojos del teléfono. Del altavoz salían explosiones y disparos de algún videojuego.
—Serguéi, llevo tres meses mirando ese abrigo —dije en voz baja mientras me sentaba frente a él.
—¿Entiendes siquiera lo que hiciste? Metiste la mano en mi cartera.
Él siguió tragando cucharada tras cucharada.
—Un abrigo son solo trapos, Zhenia —respondió sin mirarme.
—Pero el baño de mamá está hecho un desastre. Todo se cae a pedazos. Ayer lloró. Como hijo no podía hacer otra cosa. Tú eres fuerte, ganarás más dinero. Mamá lo necesita más.
Terminó de comer, apartó el plato dejando una mancha rosada de remolacha y volvió a la habitación.
La silla chirrió.
El cañón virtual volvió a estallar.
Me quedé mirando aquella marca roja en la porcelana.
La manija rota del refrigerador, pegada con cinta aislante desde hacía un año porque Serguéi “no tenía tiempo”.
Y entonces lo entendí:
yo misma le había enseñado que podía permitirse cualquier cosa.
Yo era cómoda.
Como una tarifa ilimitada.
Hasta que a la tarifa se le acabó la paciencia.
Tres clics
Me encerré en el dormitorio.
Me senté al borde de la cama.
Las plantas de mis pies tocaron el linóleo frío.
En aquella casa yo era la contadora, la patrocinadora y el soporte técnico.
Todo el plan familiar estaba vinculado a mi tarjeta.
Abrí la aplicación de la compañía telefónica.
Busqué el número de Serguéi.
“¿Desvincular este número de la cuenta compartida?”
Pulsé:
“Sí”.
Primer clic.
Segundo clic: confirmar.
Pago automático para sus videojuegos online.
Eliminar.
Suscripción a la plataforma de películas.
Eliminar.
Wi-Fi de la casa.
Configuración del router…
Cambiar contraseña.
Tres clics.
Quitar “Paquete compartido”.
Confirmar eliminación del número.
Y finalmente:
“Cambiar contraseña del punto de acceso”.
El teléfono se calentó en mi mano.
La transacción para salvar mi propia vida había sido completada con éxito.
Me sentía como una artificiera.
Cortando los cables por los que durante años se habían escapado mi energía, mi dinero y mi dignidad.
Saldo cero, Serguéi.
En todos los sentidos.
Sin señal
—¡Zheniaaa! —gritó unos minutos después.
—¿Me oyes? ¡Se cayó el internet! Mira el router, quizá solo haya que reiniciarlo.
No respondí.
En lugar de eso, saqué el catálogo de papel.
En la última página estaba aquel abrigo.
—¡Zhenia! ¡Mi partida se congeló en plena batalla! ¡Ahora me van a destruir! ¿Estás dormida o qué?
Entró furioso al dormitorio, despeinado y rojo de ira.
En la mano sostenía el teléfono con el eterno círculo de carga girando en la pantalla.
—¿Qué le pasó al internet? —gruñó.
—¡Yo pago eso, por si no lo recuerdas!
—No, Serguéi —me acomodé las gafas con el dedo medio—.
La que paga soy yo.
Bueno… pagaba.
Hasta hoy.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Exactamente eso. Lo desconecté todo. Tu número ahora está solo. Tus jueguitos también. Y el Wi-Fi de este departamento tiene una contraseña nueva. Solo yo la sé.
—¿Te volviste loca? ¡Necesito llamar! ¡Conéctalo ahora mismo!
—La conexión es cara hoy en día, Serguéi.
Y como decidiste que mi dinero era de todos, yo decidí que tu comodidad es prescindible.
¿Quieres internet?
Págalo tú.
Con tu dinero.
Tal vez con el que guardas “para gasolina”.
O con el que escondes para tu mamá.
Las cuentas ya no cuadran
Empezó a gritar.
Sobre la ingratitud.
Sobre mi mezquindad.
Sobre cómo estaba destruyendo la familia “por unos trapos”.
—¡¿Tú odias a mi madre?! —vociferó.
—¡Mañana mismo me voy con ella! ¡Y veremos cómo sobrevives sola!
—Vete —respondí con calma—.

Así podrás ayudarle con esos azulejos que ya eligieron. Y también pagarle el internet.
Se quedó callado.
Luego intentó otro tono.
Se acercó, tratando de abrazarme.
—Zhen… vamos… Me pasé. Mamá de verdad lo necesitaba. Al menos conecta la red, tengo que responderle a los chicos en el chat. Te lo devolveré cuando cobre, te lo juro.
—El saldo es cero, Serguéi.
Y el límite de confianza también.
Mañana voy a comprarme ese abrigo.
Y tú averigua cuánto cuesta una conexión.
Empieza a acostumbrarte.
Se quedó parado en medio del pasillo.
Grande.
Ridículo con sus pantalones deformados.
Sosteniendo un pedazo de plástico que, sin mi dinero, había perdido todo valor.
Espacio de cuarenta metros
Aquella noche fue extrañamente silenciosa.
Por primera vez en años no escuché explosiones de videojuegos detrás de la pared.
Serguéi se pasó casi toda la noche dando vueltas en el sofá.
Lo oía suspirar y apretar una y otra vez el botón de encendido del ordenador.
Pero los milagros no existen.
En el mundo digital todo es sencillo:
sin pago, no hay servicio.
Por la mañana volvió a intentarlo.
—Zhen… solo tengo trescientos rublos en la tarjeta. No me alcanza para el plan. ¿No podrías…?
—Pregúntale a tu mamá, Serguéi.
Seguro sabrá decirte dónde ahorrar, ya que sus azulejos eran más importantes.
Me puse las botas.
Esta vez la cremallera no se atascó.
Lo miré.
—Voy por mi abrigo. Volveré tarde.
La sopa está en la nevera. Te la calientas tú solo.
Nada debe volver a atascarse
Salí del edificio.
El aire olía a nieve derretida.
Entré a la tienda y me puse el abrigo.
Me quedaba perfecto.
El color era elegante, tranquilo… beige camel.
El teléfono vibró en mi bolsillo.
Un mensaje desde el número de mi suegra:
“Estoy en casa de mamá. Llegaré tarde”.
Mañana empezará a llamar.
Prometerá cosas.
Culpará a su madre.
Se disculpará.
Pero yo ya había apartado dinero para unas botas nuevas.
Unas cuya cremallera jamás vuelva a atascarse.
En mi vida ya no debe atascarse absolutamente nada.
En esta casa vuelvo a decidir yo.
Y ese es el mejor balance que he conseguido cuadrar en toda mi vida.