El palacio quedó en silencio.
Todos esperaban ver qué haría Safiya.
Hacía apenas unos minutos, no era más que una discreta empleada doméstica a la que casi nadie prestaba atención.
Ahora estaba de pie en medio del enorme salón, frente al hombre al que pertenecía todo el palacio.
El jeque Rashid.
Un hombre conocido por su riqueza, su influencia y, sobre todo, por odiar que alguien se atreviera a contradecirlo.
Sostenía una copa en la mano y observaba divertido a la mujer que tenía delante.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Aceptas mi oferta?
Safiya guardó silencio.
Sobre un maniquí, a su lado, colgaba un magnífico vestido de color rojo oscuro con bordados dorados.
Estaba destinado a la recepción de aquella noche, a la que asistirían importantes empresarios, políticos y miembros de las familias más ricas.
Costaba más de lo que Safiya podía siquiera imaginar.
Y Rashid acababa de proponerle que se lo pusiera.
No porque quisiera hacerla feliz.
Quería humillarla.
—Te lo pondrás —repitió—, saldrás con él delante de todos los invitados y, si lo consigues, quizá te pida que te cases conmigo.
En el salón estallaron las risas.
—¿Y si no lo hago? —preguntó Safiya en voz baja.
Rashid sonrió.
—Entonces trabajarás sin cobrar hasta que hayas pagado tu deuda.
—¿Qué deuda?

—La del vestido.
Varias personas rieron aún más fuerte.
Safiya bajó la mirada.
—Entiendo.
Rashid creyó que había ganado.
Pero no tenía idea de que acababa de cometer el mayor error de su vida.
Safiya llevaba casi seis años trabajando en el palacio.
Llegaba antes del amanecer.
Se encargaba de las habitaciones, la ropa, la cocina y los invitados.
Nunca discutía.
Nunca se quejaba.
Y, sobre todo, jamás le había contado a nadie nada sobre su pasado.
Los demás empleados la consideraban una mujer corriente que había llegado de una aldea pobre y que estaba agradecida por tener trabajo.
Pero la verdad era completamente diferente.
Safiya no era pobre.
Y tampoco era inculta.
Su padre había sido dueño de una de las mayores empresas comerciales del país.
Cuando murió, Safiya heredó parte de su fortuna.
Sin embargo, poco antes había descubierto que varios de sus socios comerciales estaban intentando quedarse con el dinero de la empresa.
Así que decidió desaparecer.
No quería enfrentarse a ellos abiertamente.
Quería descubrir en quién podía confiar.
Y por eso aceptó trabajar en el palacio.
Nadie sospechaba que la mujer a la que enviaban a pulir la plata sabía leer documentos financieros mejor que la mayoría de los hombres que trabajaban en las oficinas del palacio.
Y durante aquellos seis años había descubierto algo extraño.
Las finanzas de Rashid no estaban en orden.
Enormes cantidades de dinero desaparecían de la empresa.
Parte de ese dinero terminaba en cuentas extranjeras.
Y los nombres de los beneficiarios estaban cuidadosamente ocultos.
Safiya lo había anotado todo.
Pacientemente.
Sin decir una sola palabra.
Cuando aquella noche regresó a su habitación, dejó el vestido sobre la cama.
Lo contempló durante un largo rato.
Entonces sonrió.
—De acuerdo —susurró.
—¿Quieres un espectáculo? Lo tendrás.
Se puso el vestido.
Le quedaba perfecto.
Aunque había sido confeccionado para otra mujer, parecía hecho especialmente para ella.
Safiya se arregló el cabello.
Se puso unos sencillos pendientes.
Después se miró en el espejo.
Ya no había una sirvienta asustada frente a ella.
Había una mujer que sabía exactamente lo que iba a hacer.
Cuando las puertas del salón se abrieron, las conversaciones se detuvieron de inmediato.
Safiya entró.
Los invitados se giraron.
Rashid levantó la cabeza.
Su sonrisa desapareció poco a poco.
No esperaba que realmente lo hiciera.
Y mucho menos esperaba que se viera tan elegante con aquel vestido.
Safiya atravesó lentamente el salón.
Algunos invitados comenzaron a susurrar.
Otros sonreían.
Rashid intentaba mantener la calma.
—Así que realmente lo hiciste —dijo.
Safiya se detuvo.
—Usted dijo que, si me ponía el vestido, me pediría que me casara con usted.
Todos quedaron en silencio.
Rashid soltó una carcajada.
—Por supuesto. ¿Acaso creíste que hablaba en serio?
Safiya asintió.
—No.
—Entonces, ¿por qué viniste?
La mujer sonrió.
—Para devolverle algo.
—¿Qué?
Safiya sacó una carpeta de su pequeño bolso.
La dejó sobre la mesa.
Rashid frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Su contabilidad.
Su rostro palideció.
Rashid abrió la primera página.
Después la segunda.
Luego la tercera.
Cuanto más leía, menos confianza mostraba en su rostro.
Safiya se volvió hacia los invitados.
—Durante los últimos dos años, millones de dólares han desaparecido de su empresa.
Un murmullo de sorpresa recorrió el salón.
—El dinero fue transferido a través de varias empresas. Algunas de ellas solo existen sobre el papel.
Rashid golpeó la mesa con la mano.
—¡Basta!
Safiya ni siquiera se movió.
—Todavía no he terminado.
—¿De dónde sacaste esos documentos?
—De su oficina.
—¿Me estabas espiando?
—No.
Safiya sonrió.
—Solo estaba limpiando.
Varios invitados se miraron nerviosamente.
Rashid apretó la mandíbula.
—¿Crees que puedes amenazarme?
—No.
—Entonces, ¿qué quieres?
Safiya dejó otro sobre sobre la mesa.
—Quiero que lo abra.
Rashid lo abrió de golpe.
Dentro había una fotografía.
En ella aparecía su director financiero.
A su lado estaba un hombre que Rashid conocía muy bien.
Su propio hermano.
Y entre ambos había documentos sobre transferencias de dinero.
Rashid palideció.
—Esto no es posible.
—Sí lo es.
—¿De dónde sacaste esto?
—De una persona a la que ustedes hicieron desaparecer hace dos años.
El salón quedó sumido en un silencio absoluto.
Rashid se sentó lentamente.
—¿Quién eres?
Safiya lo miró.
Esta vez, sin miedo.
—Eso…