Doné sangre para salvar a mi novio después de que sus amigos me dijeron que había sufrido un grave accidente.

Doné sangre para salvar a mi novio después de que sus amigos me dijeron que había sufrido un grave accidente. Cuando salía del hospital, escuché a alguien decir detrás de una puerta: «No puedo creer que ella haya vuelto a caer». Me quedé en silencio, miré el moretón de mi brazo y saqué el teléfono. Lo que descubrí sobre nuestros tres años juntos convirtió aquella donación de sangre en la venganza número 96.

PARTE 1

—Si de verdad me amas, no preguntes cuánta sangre necesitan. Simplemente dónala.

Esas fueron las últimas palabras que Brendan me dijo antes de que la enfermera me clavara la aguja en el brazo.

Cuarenta minutos después salí del área de transfusiones de una clínica privada en La Jolla con las piernas temblorosas, un algodón pegado al brazo y la absurda sensación de que acababa de hacer algo importante por el hombre que amaba.

Según sus amigos, Brendan había sufrido un terrible accidente mientras probaba un automóvil en un circuito privado cerca de Bakersfield. Me llamaron en plena madrugada y me dijeron que necesitaban urgentemente sangre compatible.

No hice demasiadas preguntas.

Brendan llevaba tres años siendo mi novio.

Y yo habría hecho cualquier cosa por él.

Mientras buscaba el ascensor, vi a una mujer con uniforme médico empujando una pequeña nevera médica a mi lado. Reconocí la etiqueta que habían colocado allí hacía apenas unos minutos.

Tenía escrito mi nombre.

Chloe Bennett.

Instintivamente la seguí.

La mujer atravesó una puerta lateral y, para mi desconcierto, sacó una bolsa con mi sangre de la nevera y la arrojó a un contenedor de residuos biológicos.

Me quedé paralizada.

Pensé que el mareo me estaba haciendo ver cosas.

Entonces escuché una carcajada.

Venía de una habitación VIP cuya puerta estaba entreabierta.

—No puedo creer que ella haya vuelto a caer.

Sentí que el corazón se me detenía.

Me acerqué.

Brendan estaba cómodamente acostado en la cama, perfectamente arreglado, sin oxígeno, sin heridas e incluso sin un solo vendaje.

Tenía el teléfono en la mano.

A su alrededor estaban sentados Mason, Liam y varios de sus otros amigos, los mismos hombres que aquella mañana me habían llamado desesperados.

—¿Por qué número vamos? —preguntó Mason entre risas.

Liam levantó los dedos y empezó a contar.

—Noventa y seis.

Todos estallaron en carcajadas.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—La de la pulsera fue genial —recordó alguien—. Le dijimos que Brendan había perdido un regalo de aniversario y Chloe pasó media noche buscándolo bajo la lluvia.

—Al final hasta tuvo fiebre.

—Y aun así volvió al día siguiente a preguntar si habían encontrado el regalo.

Otra explosión de risas.

Me dieron ganas de vomitar.

Después empezaron a hablar de aquella vez que me convencieron de que Brendan estaba inconsciente después de una operación y yo pasé toda la noche rezando en una iglesia.

Luego recordaron la falsa acusación de plagio que recibí durante mi último semestre en la universidad.

Pasé horas buscando pruebas para limpiar mi nombre.

Por eso llegué tarde a mi propia graduación.

Siempre había pensado que habían sido casualidades.

Problemas.

Mala suerte.

Entonces escuché una frase que cambió toda mi vida.

—Solo quedan tres —dijo Mason—. Noventa y nueve venganzas y el trato estará cumplido.

—¿Y después?

—Brendan terminará con Chloe y volverá con Scarlett.

Scarlett.

Sentí como si alguien me hubiera golpeado directamente en el pecho.

Scarlett Montgomery había sido la favorita de la competencia universitaria de baile cuatro años atrás.

Venía de una familia conocida, tenía patrocinadores, entrenadores privados y todos estaban convencidos de que ganaría.

Pero gané yo.

Chloe Bennett.

La hija de un contable de San Bernardino y de una maestra de primaria.

Recuerdo aquella noche.

Los aplausos.

A mi madre llorando en la primera fila.

A mi padre grabándolo todo con su viejo teléfono.

Nunca imaginé que, detrás del escenario, Scarlett había estado llorando furiosa frente a Brendan.

—Chloe le quitó el primer puesto —comentó alguien.

—Por eso Brendan empezó a salir con ella —respondió otro—. Primero tenía que conseguir que se enamorara de él. Después debía hacer que pagara.

Sentí que todo el aire abandonaba mis pulmones.

Tres años.

Tres años intentando ser lo suficientemente buena.

Tres años soportando su silencio, sus rechazos y sus humillaciones porque pensaba que Brendan simplemente no sabía expresar sus sentimientos.

Entonces habló él.

—Dejen de hacer tanto drama. Chloe se mete en todo ella sola. Nadie la obliga.

No había culpa en su voz.

Solo indiferencia.

Me alejé de la puerta antes de que alguien pudiera verme.

Salí tambaleándome de la clínica, crucé la entrada y terminé sentada junto a una maceta, con la cabeza entre las manos.

Entonces sonó mi teléfono.

Era mi madre.

—Chloe, papá ya arregló todo lo del apartamento en Tucson. Nos vamos la próxima semana. Todavía puedes venir con nosotros.

Durante meses había dicho que no.

Por Brendan.

Miré el moretón morado de mi brazo.

Pensé en mi sangre, que había terminado en la basura.

Pensé en noventa y seis humillaciones convertidas en una broma.

Y respondí:

—Mamá… cuenta conmigo.

Colgué.

Pero cuando levanté la cabeza, vi un nuevo mensaje de Brendan.

«Ven mañana. Todavía tenemos tres cosas de las que debemos ocuparnos.»

Todavía no sabía que esas tres «cosas» podían destruir algo mucho más grande que nuestra relación.

Y no podía imaginar lo que estaba a punto de suceder…


A la mañana siguiente regresé a la clínica.

No porque Brendan me lo hubiera pedido.

Quería descubrir hasta dónde estaban dispuestos a llegar.

Casi no dormí.

En lugar de eso, pasé toda la noche haciendo algo que debería haber hecho tres años antes.

Abrí mi computadora portátil y creé una carpeta.

La llamé:

BRENDAN – 96

Y empecé a escribir todo lo que recordaba.

La pulsera.

La falsa operación.

La acusación de plagio.

El cumpleaños arruinado.

La noche en que desapareció durante seis horas y me convenció de que simplemente había imaginado haberlo visto con Scarlett.

La entrevista de trabajo que cancelé porque me dijo que su madre se estaba muriendo.

La invitación de boda que envió en secreto a una antigua amiga mía usando mi nombre, solo para hacerme parecer mentalmente inestable.

Uno por uno, empezaron a regresar recuerdos que había enterrado.

Y entonces comprendí algo.

No eran noventa y seis.

Eran muchos más.

Solo había pasado tres años convenciéndome de que el hombre que amaba no podía hacerme daño deliberadamente.

A las 9:03 de la mañana entré en la habitación VIP.

Brendan sonrió.

—Aquí está.

Mason se rio.

—Exactamente como estaba planeado.

Miré a todos.

Luego sonreí.

—¿Cuál es el número noventa y siete?

El silencio cayó sobre la habitación.

La sonrisa de Brendan desapareció.

—¿Qué?

—Dijeron que quedaban tres.

Mason miró a Brendan.

Brendan se recuperó rápidamente.

—Lo entendiste mal.

—No —respondí en voz baja—. Lo escuché todo.

Dejé mi teléfono sobre la mesa.

En la pantalla estaba la grabación.

Había comenzado a grabar en el momento en que escuché mi nombre detrás de la puerta.

Mason se levantó.

—¿Nos estabas grabando?

—Sí.

Brendan me miró fijamente.

—¿Nos estabas siguiendo?

—No.

Lo miré directamente.

—Ustedes me estaban siguiendo a mí.

Su expresión se endureció.

—¿De qué estás hablando?

—Durante tres años me convenciste de que tenía mala suerte. De que era demasiado sensible. De que era demasiado emocional. De que era desconfiada.

Levanté el teléfono.

—Pero simplemente estabas destruyéndome a propósito.

Presioné otro archivo.

La voz de Brendan llenó la habitación.

«Después de la número noventa y nueve, terminaré con ella y volveré con Scarlett.»

El nombre de Scarlett hizo que todos se pusieran nerviosos.

Excepto Brendan.

Él solo parecía molesto.

—No deberías haber escuchado eso.

Asentí.

—Esa es la primera cosa sincera que me has dicho en tres años.

Entonces se abrió la puerta.

Entró una mujer.

Scarlett.

No tenía una sonrisa en el rostro.

Miró a Brendan.

—Díselo.

Brendan se levantó.

—Scarlett, ahora no.

—¿Decirme qué?

La voz de Scarlett temblaba.

Brendan la miró furioso.

Pero Scarlett continuó.

—Ella merece saberlo.

La miré.

—¿Saber qué?

Scarlett tragó saliva.

—La número noventa y nueve no iba a ser el final.

Se me revolvió el estómago.

—¿Qué quieres decir?

Miró a Brendan.

—Tenía planeado pedirte matrimonio.

Brendan palideció.

Scarlett continuó:

—Y después iba a humillarte delante de todos en la fiesta de compromiso. Quería revelar que toda vuestra relación había sido solo un juego de venganza.

Miré a Brendan.

—¿Una propuesta de matrimonio?

No respondió.

Scarlett sacó una pequeña caja de su bolso.

La colocó sobre la mesa.

Dentro había un anillo de diamantes.

Mi anillo.

El mismo anillo que Brendan supuestamente había perdido durante aquella broma de la pulsera.

El anillo que durante meses creí que había perdido.

Algo dentro de mí finalmente se rompió.

No mi corazón.

Algo diferente.

El último resto de esperanza.

—¿Lo tuviste todo este tiempo?

Brendan dio un paso hacia mí.

—Chloe, escucha.

—No.

Levanté la mano.

—Esta vez vas a escuchar tú.

Todos guardaron silencio.

—Yo te amaba.

Mi voz temblaba.

—Te defendí. Confié en ti. Cambié mis planes por ti. Me disculpé cuando me hacías daño porque pensaba que había hecho algo mal.

Señalé mi brazo.

—Y ayer te doné sangre.

Brendan bajó la mirada.

—Ni siquiera estabas herido.

—No.

Negó con la cabeza.

—No lo estaba.

—¿Y mi sangre?

Dudó.

—Formaba parte de la broma.

Me reí.

Fue un sonido extraño.

Casi vacío.

—Mi sangre era una broma.

Nadie respondió.

Levanté el teléfono.

—Entonces aquí está la mía.

Mason frunció el ceño.

—¿Qué?

Sonreí.

—El número noventa y siete.

Me di la vuelta y me fui.

A mis espaldas escuché a Brendan gritar mi nombre.

No me giré.


Cuando llegué a casa de mis padres, mi teléfono se llenó inmediatamente de mensajes.

Llamadas.

Mensajes.

Disculpas.

Amenazas.

Excusas.

Brendan insistía en que había entendido todo mal.

Mason decía que las bromas habían ido demasiado lejos.

Liam afirmaba que nunca había querido hacerme daño.

Entonces me escribió Scarlett.

«Tengo pruebas. Todas.»

Me envió cientos de capturas de pantalla.

Chats grupales.

Planes.

Documentos.

Fechas.

Videos.

Incluso una tabla.

Cada broma tenía un número.

Cada humillación tenía un objetivo.

Hacer que Chloe sintiera celos.

Hacer que Chloe dudara de sí misma.

Destruir la confianza de Chloe.

Hacer que Chloe dependiera de Brendan.

Y junto a cada broma completada había una pequeña marca.

Miré la tabla durante casi una hora.

Entonces me fijé en algo.

Abajo del todo había otra sección.

LOS ÚLTIMOS TRES.

Número 97:

Accidente falso.

Número 98:

Propuesta de matrimonio pública.

Número 99:

Humillación pública y ruptura.

Pero debajo había una nota escrita a mano.

Después de la 99, Chloe se irá destrozada. Scarlett regresará.

Guardé todo.

Después llamé a un abogado.


Dos semanas después me mudé con mis padres a Tucson.

Cambié de número.

Bloqueé a Brendan.

Corté el contacto con todas las personas de su círculo.

Y también hice algo más.

Me puse en contacto con la universidad.

La acusación de plagio de mi último semestre nunca había sido investigada correctamente porque las pruebas habían desaparecido misteriosamente.

Ahora tenía los mensajes originales.

La universidad reabrió el caso.

Mi nombre quedó completamente limpio.

Después llegó una entrevista de trabajo.

La misma que Brendan había arruinado tres años antes diciéndome que su madre se estaba muriendo.

La empresa tenía nuevamente una vacante.

Me presenté.

Conseguí el trabajo.

Por primera vez en años, empecé a construir mi vida sin preguntarme si alguien más la aprobaba.

Pero Brendan todavía no había terminado.

Me envió un último mensaje.

«Lo destruiste todo.»

Me quedé mirando la pantalla.

Después llegó otro.

«Después de todo lo que hice por ti, ¿así me lo agradeces?»

Casi me reí.

Todavía no lo entendía.

Le respondí con una sola frase:

«No lo hiciste por mí. Lo hiciste contra mí.»

Después lo bloqueé.


Varios meses después regresé a San Diego para una competencia de baile.

No como participante.

Como instructora invitada.

Cuando entré al salón de baile, la música dejó de sonar.

La gente me reconocía.

Algunos susurraban.

Otros sonreían.

Entonces vi a Scarlett junto al escenario.

Se acercó a mí.

—Te debo una disculpa —dijo.

La miré.

—Sí.

Asintió.

—Yo también creía que quería venganza.

—¿Y ahora?

Sonrió con tristeza.

—Ahora me doy cuenta de que odio en quién me convirtió Brendan.

No la perdoné inmediatamente.

Pero la escuché.

Porque sanar a veces no significa fingir que alguien no te hizo daño.

A veces significa negarse a cargar con su odio durante el resto de tu vida.

Esa noche entré en la pista de baile.

Las luces se encendieron.

Comenzó la música.

Y por primera vez desde la universidad, bailé sin pensar en quién estaba mirando.

Después de la actuación, mi madre me abrazó.

—Te ves feliz.

Sonreí.

—Lo estoy.

Miró la pequeña cicatriz que tenía en el brazo por la extracción de sangre.

—¿Alguna vez te arrepientes de esos tres años?

Lo pensé durante un momento.

—Sí.

Después negué con la cabeza.

—No.

Me miró confundida.

Sonreí.

—Me arrepiento de haberles dado mi tiempo. Pero no me arrepiento de haber sobrevivido a ellos.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

«Brendan quiere hablar contigo. Dice que ha cambiado.»

Lo borré.

Después abrí las notas de mi teléfono.

Arriba había una lista.

COSAS QUE NUNCA VOLVERÉ A HACER.

Número uno:

Ignorar mi intuición.

Número dos:

Suplicarle a alguien que me ame.

Número tres:

Confundir crueldad con cariño.

Número cuatro:

Quedarme donde constantemente tengo que demostrar mi valor.

Y número cinco:

Permitir que la venganza de otra persona se convierta en mi identidad.

Me quedé mirando la lista durante unos segundos.

Después añadí una frase más.

Número seis: Nunca volver a donar mi sangre a alguien que ya tiene mi corazón y aun así decide hacerme daño.

Cerré el teléfono.

Afuera hacía una noche cálida.

Tres años atrás, Brendan me había convencido de que ganar aquella competencia de baile era lo peor que yo le había hecho a alguien.

Durante tres años intentó hacerme pagar por ello.

Fracasó.

Porque sus noventa y nueve venganzas no me destruyeron.

Me enseñaron quién era yo sin él.

Y esa fue la única venganza que necesité.

Lo dejé sin nada.

No porque quisiera verlo sufrir.

Sino porque finalmente comprendí algo que Brendan nunca entendería.

La mayor venganza no es hacerle daño a alguien a cambio.

La mayor venganza es convertirte en alguien completamente inaccesible para la persona que alguna vez creyó que era dueña de tu corazón.

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