La ambulancia salió rumbo al hospital con las sirenas encendidas. Marcos estaba sentado junto al personal médico y no apartaba la mirada del monitor, en el que aparecían señales pequeñas, pero regulares.
Los latidos del corazón de Miguel.
Su hijo realmente seguía vivo.
—Resiste, pequeño —susurraba Marcos, intentando sonreír entre lágrimas—. Papá está aquí. No permitiré que te pase nada.
En el hospital ya los esperaba un equipo de médicos. La situación era extremadamente grave. Ana Clara había sufrido heridas mortales en el accidente, pero el bebé todavía mostraba signos de vida. Los médicos tenían que actuar de inmediato.
Marcos permaneció en el pasillo. Tenía la ropa empapada por la lluvia y las manos le temblaban. No podía comprender cómo era posible que hacía apenas una hora estuviera junto al ataúd de su esposa y ahora esperara noticias sobre su hijo.
Después de largos minutos, se abrió una puerta.
Un médico salió.
—Señor Almeida, logramos traer a su hijo al mundo. Nació prematuramente, pero su corazón late. Es muy pequeño y su estado es grave. Lo hemos trasladado a la unidad de cuidados intensivos neonatales.
Marcos se cubrió el rostro con las manos.
—¿Puedo verlo?
—Cuando nuestros compañeros logren estabilizarlo. Ahora necesita tranquilidad y todos los cuidados que podamos brindarle.
Marcos le dio las gracias al médico y se apoyó contra la pared. Por primera vez desde la muerte de su esposa, sintió que delante de él no solo había un vacío interminable.
Tenía un hijo.
Y debía ser fuerte por él.
Pero la alegría pronto fue reemplazada por una nueva ola de preguntas.
Una agente de policía que había llegado al crematorio le pidió hablar. Le explicó que, al revisar los documentos, había encontrado algunas irregularidades.

—Señor Almeida, según la documentación inicial, su esposa fue declarada muerta poco después del accidente. Sin embargo, algunos horarios no coinciden. Necesitamos averiguar quién completó y firmó cada documento, y cuándo lo hizo.
—¿Quiere decir que alguien cometió un error?
—Todavía no lo sabemos. Pero no podemos descartarlo.
Marcos recordó el comportamiento de Gustavo en el crematorio.
Su rostro pálido.
La manera en que no dejaba de mirar hacia la puerta.
—Tiene que hablar con el hermano de mi esposa —dijo—. Gustavo se comportaba de una manera extraña. Como si tuviera miedo de que ocurriera algo.
La agente anotó sus palabras.
—¿Notó algo más?
Marcos guardó silencio por un momento.
—Cuando dije que el vientre de mi esposa se había movido, puso una cara como si lo hubieran descubierto haciendo algo que nadie debía ver.
La policía se puso seria.
—Esa es una información importante.
Esa misma noche, los agentes intentaron comunicarse con Gustavo. Su teléfono estaba apagado y no lo encontraron en su casa.
Mientras tanto, Marcos consiguió acceder a las pertenencias personales de su esposa, que la policía había recogido después del accidente. Entre ellas estaba su bolso. En su interior había un teléfono, una cartera y una pequeña libreta.
Marcos la abrió.
En varias páginas había anotaciones sobre gastos, visitas al médico y preparativos para el nacimiento de Miguel. Sin embargo, en la última página escrita encontró algo que le heló la sangre.
Ana Clara había escrito:
«Tengo que hablar con Gustavo. Descubrí lo que hizo con el dinero. Ya no puedo seguir ayudándolo. Se lo contaré a Marcos, aunque se enoje conmigo».
Debajo había otra frase:
«Tengo miedo de que esta vez llegue demasiado lejos».
Marcos apretó la libreta contra su pecho.
De repente, comenzó a comprender que la muerte de su esposa quizá no había sido tan sencilla como todos le habían hecho creer.
A la mañana siguiente, la policía descubrió que Gustavo tenía graves problemas económicos. Durante varios meses había pedido dinero prestado a su hermana, prometiéndole que se lo devolvería. Finalmente, Ana Clara se había negado a darle más dinero porque descubrió que no lo utilizaba para pagar sus deudas, sino para apostar y participar en otros negocios arriesgados.
Los investigadores también descubrieron que Gustavo había tenido acceso al automóvil de su hermana antes del accidente.
Cuando finalmente lo encontraron, estaba alojado en un hotel barato en las afueras de la ciudad. Tenía dinero en efectivo, una bolsa de viaje y un boleto de avión a otro país.
Al principio lo negó todo.
Afirmó que nunca había tenido ningún conflicto con su hermana y que la quería mucho.
Pero entonces los policías le mostraron una grabación de una cámara de seguridad de un taller mecánico.
En el video aparecía Gustavo hablando con un mecánico unas horas antes del accidente y entregándole un sobre. Más tarde, el mecánico declaró que había recibido dinero para manipular el sistema de frenos del automóvil, aunque Gustavo le había dicho que se trataba de una reparación rutinaria.
Gustavo palideció.
—Yo no quería matarla —soltó finalmente.
El policía se inclinó hacia él.
—Entonces, ¿por qué ordenó que dañaran su automóvil?
Gustavo bajó la cabeza.
Confesó que solo quería provocar un accidente para asustar a su hermana. Estaba convencido de que así conseguiría obligarla a cambiar de opinión y prestarle dinero nuevamente. Sin embargo, nunca imaginó que las consecuencias serían tan terribles.
Cuando se enteró de que Ana Clara había muerto, sintió pánico. Intentó manipular algunos datos de la documentación y convencer a la familia de que el funeral se celebrara lo antes posible.
No quería que nadie comenzara a hacer preguntas.
No quería que volvieran a examinar el cuerpo de su hermana.
Y, sobre todo, no quería que nadie descubriera lo que había hecho.
Pero había algo que se le había escapado.
Miguel.
Aquel pequeño corazón que seguía latiendo bajo la tela del vestido de su madre detuvo el funeral y les dio a los investigadores el tiempo necesario para descubrir la verdad.
Unas semanas después, Marcos regresó al hospital. Miguel ya no corría peligro inmediato. Seguía necesitando cuidados especiales, pero los médicos creían que tenía buenas posibilidades de desarrollarse saludablemente.
Por primera vez, Marcos pudo sostenerlo en sus brazos sin tubos ni monitores de por medio.
Era tan pequeño.
Tenía el cabello oscuro y unos deditos diminutos que se aferraron con fuerza al pulgar de su padre.
Marcos rompió a llorar.
—Tu mamá te quería muchísimo —susurró—. Te había preparado una habitación. Había elegido tu nombre. Todas las noches te cantaba, incluso cuando todavía estabas dentro de su vientre.
Miró a su hijo y le besó la frente.
—Te hablaré de ella todos los días. Nunca conocerás solamente la historia de cómo murió. También sabrás qué mujer tan maravillosa fue.
Más tarde, Gustavo fue acusado por su participación en la manipulación del sistema de frenos y en el accidente mortal de su hermana. La investigación también reveló sus intentos de ocultar circunstancias importantes del caso. Finalmente, un tribunal determinó su culpabilidad.
Sin embargo, Marcos sabía que ninguna sentencia le devolvería a la mujer que amaba.
En la tarta del primer cumpleaños de Miguel mandó escribir dos nombres: Ana Clara y Miguel.
Junto a la tarta colocó una fotografía de su esposa. En ella sonreía mientras se protegía el vientre embarazado con una mano.
Marcos contempló la fotografía durante un largo rato.
—Si aquel día no hubiera escuchado a mi corazón y no hubiera pedido que abrieran el ataúd una vez más, quizá también lo habría perdido a él —dijo en voz baja.
Después tomó a su hijo en brazos.
Ese día comprendió que, a veces, un solo instante puede cambiar toda una vida. Y que incluso en medio de la tragedia más grande puede llegar un momento capaz de salvar lo que todavía puede salvarse.
Marcos perdió a la mujer que amaba, pero gracias a aquel último adiós tuvo la oportunidad de conocer al hijo que ambos habían esperado durante tanto tiempo.