A la hija de un millonario solo le quedaban tres meses de vida, pero su sirvienta hizo algo que lo dejó en shock.

A la hija de un millonario solo le quedaban tres meses de vida, pero su sirvienta hizo algo que lo dejó en shock.

Claudia no respondió. Cuando todos se durmieron, se sentó junto a la cama de Camila y comenzó a cantarle en voz baja una canción de cuna que había escuchado en su infancia, de labios de su madre. En su mirada había una carga profunda. Recordó a su hermano: él también había estado gravemente enfermo, y los médicos ya no le daban esperanza. Lo salvó un viejo médico de una aldea en las montañas, un hombre del que casi no se hablaba porque rechazaba el dinero y la fama.

A la mañana siguiente, mientras Rodrigo firmaba documentos para su testamento en la biblioteca, Claudia entró con humildad y habló:
—Señor… conozco a un médico. No trabaja en un hospital, pero salvó a mi hermano cuando nadie creía que pudiera vivir.

Rodrigo la miró con desconfianza.
—¿Me viene a hablar de un curandero de pueblo? —siseó—. ¡Fuera de aquí! ¡Y no vuelva a mencionarlo jamás!

Claudia se inclinó y se fue. Pero esa mirada —llena de determinación y fe— quedó grabada en la memoria de Rodrigo. Dos días después, cuando Camila perdía el conocimiento, las palabras de Claudia regresaron a su mente una y otra vez. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, sintió verdadera impotencia.

Esa misma noche mandó a llamar a Claudia.
—Ese médico… ¿sigue vivo? —preguntó con voz apagada.
—Sí, señor. Pero vive lejos, en las montañas —respondió ella.

Unas horas más tarde, su coche avanzaba por una carretera oscura hacia una pequeña aldea, donde se alzaba una cabaña de madera. En el umbral los esperaba un hombre de profundas arrugas y ojos serenos.

—¿Buscan un milagro? —preguntó.

Rodrigo asintió sin poder hablar. Claudia se colocó a su lado.
—No buscamos un milagro —dijo en voz baja—. Solo buscamos esperanza.

El anciano médico se acercó a la niña y le puso una mano en la frente. Permanecieron en silencio; solo el tic-tac de un reloj antiguo llenaba la habitación. Al cabo de un momento, el hombre habló:
—Su hija está gravemente enferma. Pero la enfermedad es solo parte del problema.

—Dígame cuánto dinero necesita —exclamó Rodrigo—. Pagaré lo que sea.

El médico lo miró con firmeza.
—Aquí no se paga con dinero, señor Alarcón —dijo con calma—. Solo usted puede salvarla.

Rodrigo se quedó helado.
—¿Yo? ¡Yo no la condené a muerte!

—Pero la condenó a la soledad —respondió el anciano—. Su hija vive entre muros de oro, pero sin calor. Su enfermedad nació del frío que usted llevó a su mundo. Curarla significa cambiar la forma en que vive.

Claudia guardó silencio. Rodrigo miró a su hija: yacía tranquila, como dormida. Por primera vez en mucho tiempo la tomó en brazos, la estrechó contra su pecho y, por primera vez desde la muerte de su esposa, lloró.

—¿Qué debo hacer? —susurró.

—Quédese con ella —respondió el médico—. Sea su luz. Cada día, mientras respire.

Rodrigo obedeció. Canceló reuniones de negocios, vendió parte de su fortuna y pasó los días enteros con Camila. Pintaban juntos, cantaban y se contaban cuentos. La niña empezó a sonreír: primero débilmente, luego de verdad. Y el médico, a quien Rodrigo había considerado un loco, solo sonreía en silencio.

Después de tres meses, Rodrigo esperaba lo peor. Pero Camila no murió. Al contrario: se fortalecía. Los médicos de la capital no podían explicarlo. Él, en cambio, ya conocía la respuesta.

Una mañana regresó a la aldea de las montañas para agradecerle al médico.
La casa estaba vacía. Solo había una hoja de papel sobre la mesa, con unas palabras escritas:

“La enfermedad del alma se cura con amor. Usted lo ha encontrado.”

Rodrigo sonrió y, por primera vez en muchos años, se sintió verdaderamente rico.

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