Un hijo de seis años yacía en coma desde hacía dos meses… y entonces la hija reveló algo que dejó al padre en shock.
Mi hijo tenía apenas seis años cuando, en cuestión de horas, todo su organismo colapsó. De estar completamente sano pasó a la unidad de cuidados intensivos, conectado a máquinas que respiraban por él y lo mantenían con vida. Durante dos largos meses permaneció inconsciente en una habitación de hospital, rodeado de los mejores especialistas que buscaban una forma de ayudarlo.
Días y noches los pasé junto a su cama. Le tomaba la mano, le hablaba, rezaba y esperaba un milagro. Pero con cada semana que pasaba, mis fuerzas se agotaban. Los médicos probaban nuevos medicamentos, cambiaban los tratamientos, y aun así el estado de mi hijo no mejoraba. Al final escuché una frase que ningún padre debería oír jamás:
—Deben prepararse para la posibilidad de desconectarlo de las máquinas. Las probabilidades de que despierte son mínimas.
Esas palabras me destrozaron. Me sentía completamente impotente. ¿Cómo puede un padre decidir sobre la vida de su propio hijo?
Un día llevé también al hospital a mi hija. Nos sentamos junto a su hermano; ella lo observó en silencio durante un largo rato y luego dijo en voz baja:
—Papá, yo sé por qué no se despierta.
Le acaricié el cabello y suspiré:
—Lo sé, cariño, está muy enfermo.
Pero ella negó con la cabeza:
—No, papá. Es por culpa del doctor.
Me quedé helado. Pensé que había entendido algo mal e intenté tranquilizarla.
—Los médicos le dan medicinas para que se cure.
Sin embargo, mi hija me miró directamente a los ojos y dijo:

—Yo lo vi. Una noche el doctor le inyectó algo en la mano. Mi hermanito empezó a convulsionar, luego dejó de moverse y el doctor lo escondió rápidamente.
Quedé en shock. Al principio me negué a creerlo. Lo atribuí a la imaginación de una niña. Pero cuanto más lo pensaba, más cosas dejaban de encajar: cambios en la documentación, el comportamiento extraño de uno de los médicos, dosis llamativamente altas de sedantes potentes.
Empecé a investigar. Solicité los registros de medicación y los consulté con un especialista independiente. Y entonces descubrí la verdad: a mi hijo le estaban administrando repetidamente sustancias que profundizaban el coma, sin que hubiera motivo para ello. Los registros habían sido manipulados para que no pareciera sospechoso.
Mi hija no mentía. Había visto algo que jamás debió ocurrir. Informé de todo a la dirección del hospital y se inició una investigación oficial. Salió a la luz que ese médico llevaba tiempo bajo sospecha: desaparecían medicamentos, había irregularidades en los tratamientos y maniobras financieras dudosas. Mi hijo era solo uno de los pacientes afectados.
Ese momento quedó grabado en mí para siempre. Durante mucho tiempo creí que los médicos eran la última esperanza, personas en las que se podía confiar plenamente. Pero incluso entre ellos pueden aparecer quienes actúan contra su juramento y su conciencia.
Hoy sé una cosa: nunca debemos cerrar los ojos ante circunstancias sospechosas. Y cuando se trata de nuestros hijos, debemos estar siempre atentos, preguntar, verificar. Mi hija, una niña pequeña, fue capaz de ver lo que los adultos pasaban por alto… y con su valentía sacó a la luz la verdad sobre el sufrimiento de su hermano.
Su coraje me abrió los ojos. Y demostró que, a veces, los más jóvenes son quienes se atreven a decir lo que los demás no quieren oír.