El jardín secreto del hijo: cuando el perro del vecino reveló un secreto oculto.
Svetlana siempre estuvo orgullosa de su único hijo, Igor. El chico de dieciséis años era tranquilo, discreto y no causaba problemas en la escuela. No tenía muchos amigos, pero eso no le importaba a su madre: lo importante era que no se juntara con malas compañías.
Sin embargo, en los últimos meses, comenzó a notar un cambio extraño en su comportamiento. Igor pasaba cada momento libre en el jardín, removiendo la tierra sin cesar y trabajando en un único parterre.
Al principio, a Svetlana le parecía adorable y conmovedor. Una vez le preguntó qué estaba haciendo allí, y el chico murmuró:
—Quiero cultivar flores.
Svetlana sonrió. Lo vio como un signo de madurez, algo mucho mejor que si su hijo pasara el tiempo en la calle con malas compañías. Incluso le compró semillas de petunias y caléndulas, pero Igor no mostró el menor interés. Cada día solo removía la tierra en el mismo lugar, a veces después de la escuela, otras veces tarde por la noche.
Esto comenzó a preocuparla. Aunque se conmovía por su perseverancia, percibía que Igor descuidaba sus tareas y pasaba horas afuera inmerso en algún ritual misterioso. Cuanto más tiempo pasaba, más sentía que su hijo estaba ocultando algo.
Una tarde, ocurrió algo que cambió todo. El vecino Viktor paseaba a su gran dóberman, Rex. El perro normalmente era tranquilo y obediente, pero al pasar por el jardín de Svetlana, de repente se detuvo y, gruñendo, se lanzó al parterre. Viktor apenas podía sujetarlo con la correa. Rex ladraba, cavaba y arañaba la tierra sin descanso, como si percibiera algo que los humanos no podían ver.

—¡Deténganlo de inmediato! —gritó Svetlana al salir corriendo de la casa— ¡Mi hijo está cultivando flores aquí!
Pero el perro no se calmaba. La tierra volaba por todas partes y pronto bajo sus patas empezó a delinearse algo. Primero un destello metálico, luego lentamente apareció la forma de una antigua caja oxidada. Viktor finalmente alejó al perro, pero el secreto ya estaba al descubierto.
Svetlana, con las manos temblorosas, se arrodilló junto al parterre y sacó cuidadosamente la caja. Al abrirla, contuvo la respiración. No había semillas ni herramientas de jardín, sino fotos amarillentas, cartas y pequeños objetos pertenecientes a un hombre desconocido. Todas las imágenes mostraban el mismo rostro: un joven llamado Alexéi, según las cartas.
—¿Qué significa esto? —susurró incrédula.
Esa noche se sentó con Igor y le exigió una explicación. El chico guardó silencio durante un largo momento antes de finalmente admitir la verdad. Había encontrado la caja por casualidad hace varios meses, mientras estaba aburrido en el jardín. Desde entonces, lo obsesionó descubrir quién era Alexéi y por qué su memoria estaba enterrada allí. No le contó nada a su madre por miedo a que le prohibiera investigar.
Al principio, Svetlana sintió enojo por la mentira de su hijo, pero al mirar las fotos de nuevo, una sensación extraña la recorrió. En una de ellas reconoció la calle donde ella misma había crecido. Era la ciudad de donde su familia se había mudado años atrás.
¿Podría tener Alexéi alguna conexión con su propio pasado?
A partir de ese momento, la historia dejó de ser solo el secreto de Igor. Madre e hijo decidieron buscar juntos las respuestas. Estaba claro que el hallazgo los llevaría a descubrir la historia familiar que hasta entonces desconocían. El perro, que debía ser solo un simple compañero del vecino, inesperadamente abrió el camino hacia un misterio que podría cambiar sus vidas.
El jardín, que Svetlana consideraba un lugar inofensivo para el pasatiempo de su hijo, se convirtió en símbolo del pasado y clave para descubrir la verdad. Y aunque muchas preguntas seguían sin respuesta, sabía que nada de esto era una coincidencia.